Por Roberto Rodrígues | La historia de los países suele estar llena de momentos que vale la pena contar y que marcan, muchas veces, la cultura y el modo de vida inclusive décadas después. Sin embargo, la historia también está llena de momentos silenciosos, donde pareciera que el país fue atrapado por la resignación, las memorias son pocas y los relatos escasos. Momentos donde la política en vez de ser la ventana de lo posible, estaba al servicio del control y la censura. Portugal vivió casi por medio siglo una dictadura que, por mucho t iempo, se creía inamovible. Hasta que dejó de serlo. El 25 de abril de 1974, el sueño que parecía imposible ocurrió: un grupo de jóvenes militares organizados, decidió poner fin al régimen autoritario que gobernaba desde 1926. No fue una revolución de manual. No hubo grandes enfrentamientos llenos de épicas ni baños de sangre. Hubo una canción y miles de claveles. Fue una insurrección silenciosa que retumbó por todo un país. En la madrugada una canción prohibida: Grandola, Vila Morena, sonó en la radio como señal.
Era el momento. Los tanques tomaron las calles, cuarteles y aeropuerto de Lisboa. Pero esta no es una historia de impecables estrategias militares, lo extraordinario fue el activo más grande de un país: su gente. Miles de personas, a pesar de la duda, salieron a escribir su historia. Una mujer, florista, comenzó a repartir claveles a los soldados, quienes en señal de agradecimiento por el apoyo colocaron las flores en sus fusiles. Gesto que bautiza este capítulo tan importante de la historia portuguesa: el país quiere cambiar y está dispuesto a hacerlo sin odio, pero con determinación. La dictadura cayó, pero la tarea no estaba lista, Portugal inició un proceso complejo lleno de tensiones e incertidumbres, pero irreversible: reconstruir la democracia. La revolución de los claveles no sucede en un momento histórico o a raíz de un acontecimiento específico. Sucede en una de esas épocas apoderadas por la impotencia, donde nos hacen creer que no somos capaces de escribir nuestro propio camino. Pero sucedió. Coincidió el desgaste de poder, fracturas internas, presión ciudadana y, muy importante, un grupo de militares que entendieron que el país debía cambiar de rumbo.
Dicen que las historias no se repiten, pero que algunas riman. Hoy muchos venezolanos estamos frustrados. La economía golpea, instituciones carentes de confianza, y liderazgos sin rutas claras. Una ciudadanía que resiste pero también se cansa. Lo peor que nos puede pasar como sociedad es que nos hagan creer que nuestros esfuerzos por cambiar las cosas serán en vano. Que no somos capaces. Los portugueses por mucho tiempo también sintieron eso, por décadas un pequeño pero poderoso grupo trató de normalizar unas elecciones cuestionables, la censura y la falta de libertades. Pero este planeta no para de girar. Los sistemas que parecen eternos, no lo son.
La revolución de los claveles, para mí como luso-venezolano, no es una receta. Pero sí es el recuerdo vivo de que los procesos políticos pueden parecer estáticos hasta que dejan de serlo. Portugal tuvo su momento, y cuando llegó, la gente lo reconoció. No perdamos la capacidad de soñar, de creernos protagonistas de nuestra historia. Porque el momento siempre llega. Y más que circunstancias, necesitamos ciudadanos al servicio de esta tierra y de su gente… y quizás un par de orquídeas. Roberto Rodrigues.

Autor: Roberto Rodrígues
