Titulares

Ocho años de El Junquito: la herida que sigue abierta

Han pasado ocho años desde la masacre de El Junquito, y el recuerdo sigue intacto, como una herida que nunca cerró del todo. Aquella mañana de enero de 2018, Venezuela fue testigo —en tiempo real— de uno de los episodios más crudos de su historia reciente: la ejecución de Óscar Alberto Pérez y los integrantes del grupo que lo acompañaba, rodeados, atacados y finalmente asesinados por fuerzas del Estado.

Óscar Pérez había emergido meses antes como una figura disruptiva. Exfuncionario, piloto, hombre de uniforme que decidió romper con el sistema desde adentro, denunciando el autoritarismo y llamando a la insurrección cívica y militar. Para muchos fue una figura incómoda, para otros una esperanza improbable. Para casi todos, un símbolo que dividía opiniones, pero que encarnaba el descontento de un país asfixiado.

En El Junquito no hubo sorpresa, pero sí brutalidad. Durante horas, mientras la casa era sitiada con armas de guerra, Pérez y su grupo transmitieron mensajes desesperados. Pedían rendirse. Decían estar heridos. Suplicaban que cesaran los disparos. Venezuela los escuchó. Venezuela los vio. Y, aun así, el ataque continuó.

Lo que siguió no fue solo la muerte de un grupo de hombres, sino un golpe emocional colectivo. Muchos venezolanos, incluso quienes dudaron, incluso quienes no compartían sus métodos, comprendieron en ese momento que el régimen estaba dispuesto a aniquilar sin contemplaciones a quien se atreviera a desafiarlo. La transmisión en vivo convirtió la masacre en un espejo imposible de esquivar.

El discurso oficial habló de “enfrentamiento”. Pero las imágenes, los testimonios y el silencio posterior construyeron otra verdad: la de un Estado que decidió no capturar, sino eliminar. No juzgar, sino callar a balazos. No cerrar un capítulo, sino abrir una herida que sigue sangrando en la memoria nacional.

Ocho años después, no hay justicia. No hay investigaciones creíbles. No hay responsables señalados. Solo queda el recuerdo, la indignación contenida y la certeza de que aquel día marcó un antes y un después. El Junquito no fue solo un operativo: fue un mensaje. Y el mensaje fue claro.

Hoy, Venezuela recuerda.

Recuerda a Óscar Pérez y a quienes murieron con él.

Recuerda la transmisión en vivo que nadie pudo apagar.

Recuerda el momento en que muchos dejaron de creer que “esto no podía pasar”.

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